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Presentación (Martín Felipe Yriart) Invitación al viaje En 1972, Italo
Calvino publicó Le città invisibili (Milano: Giulio Einaudi).
La creación literaria de Calvino comprende un arco que arranca
de un realismo militante, casi ascético, asciende a la cima de
la imaginación más florida, y desciende luego hasta perderse
en el horizonte de una invención desconcertante, que desafía
por momentos la comprensión lectora, a pesar de la aparente transparencia
de su prosa.
CAPÍTULO I 1 ... No es que Kublai Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando describe las ciudades que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que ningún otro de sus mensajeros o exploradores. En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos; una sensación como de vacío que nos acomete una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia y de la ceniza del sándalo que se enfría en los braseros; un vértigo que hace temblar a los ríos y las montañas historia dos en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbarse de los últimos ejércitos enemigos de derrota en derrota y resquebraje el lacre de los sellos de reyes a quienes jamás hemos oído nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos, cueros curtidos y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas es una destrucción sin fin ni forma, que su corrupción está demasiado gangrenada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina. Sólo en los informes de Marco Polo, Kublai Kan conseguía discernir, a través de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de un diseño tan sutil que escapaba a la mordedura de las termitas.
Partiendo de allá y caminando tres jornadas hacia levante, el hombre se encuentra con Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas de bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que canta todas lasa mañanas sobre una torre. Todas estas bellezas el viajero las conoce por haberlas visto también en otras ciudades. Pero es propio de ésta que quien llega una noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas juntas sobre las puertas de las freidurías, y desde una terraza una voz de mujer grita ¡uh!, se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices.
De la ciudad de Dorotea se puede hablar de dos maneras: decir que cuatro torres de aluminio se elevan desde sus murallas flanqueando siete puertas del puente levadizo de resorte que franquea el foso cuya agua alimenta cuatro verdes canales que atraviesan la ciudad y la dividen en nueve barrios, cada uno de trescientas casa y setecientas chimeneas; y teniendo en cuenta que las muchachas casaderas de cada barrio se enmaridan con jóvenes de otros barrios y sus familias se intercambian las mercancías de las que cada una tiene la exclusividad; bergamotas, huevas de esturión, astrolabios, amatistas, hacer cálculos a base de estos datos hasta saber todo lo que se quiera de la ciudad en el pasado el presente el futuro; o bien decir como el camellero que me condujo allá: “Llegué en mi primera juventud, una mañana, mucha gente caminaba rápida por las calles hacia el mercado, las mujeres tenían hermosos dientes y miraban derecho a los ojos, tres soldados sobre una tarima tocaban el clarín, todo alrededor giraban ruedas y ondulaban papeles coloreados. Hasta entonces yo sólo había conocido el desierto y las rutas de las caravanas. Aquella mañana en Dorotea sentí que no había bien que no pudiera esperar de la vida. En los años siguientes mis ojos volvieron a contemplar las extensiones del desierto y las rutas de las caravanas; pero ahora sé que éste es sólo uno de los tantos caminos que se me abrían aquella mañana en Dorotea”.
Al cabo de tres jornadas, andando hacia el mediodía, el hombre se encuentra en Anastasia, ciudad bañada por canales concéntricos, y sobrevolada por cometas. Debería ahora enumerar las mercancías que se compran a buen precio: ágata ónix crisopacio y otras variedades de calcedonia; alabar la carne del faisán dorado que se cocina sobre la llama de leña de cerezo estacionada y se espolvorea con mucho orégano; hablar de las mujeres que he visto bañarse en el estanque de un jardín y que a veces –así cuentan– invitan al viajero a desvestirse con ellas y a perseguirlas en el agua. Pero con estas noticias no te diré la verdadera esencia de la ciudad: porque mientras la descripción de Anastasia no hace sino despertar los deseos uno por uno para obligarte a ahogarlos, a quien se encuentra una mañana en medio de Anastasia los deseos se le despiertan todos juntos y lo circundan. La ciudad se te parece como un todo en el que ningún deseo se pierde y del que tú formas parte, y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contenerte. Tal poder, que a veces dicen maligno a veces benigno, tiene Anastasia, ciudad engañadora; si durante ocho horas al día trabajas como tallador de ágatas ónices crisopacios, tu afán que da forma al deseo toma del deseo su forma, y crees que gozas por toda Anastasia cuando sólo eres su esclavo.
Inútilmente, magnánimo Kublai, intentaré describirte
la ciudad de Zaira de los altos bastiones. Podría decirte de cuántos
peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos
de sus soportales, qué chapas de cinc cubren sus techos; pero ya
sé que sería como decirte nada. No está hecha de
esto la ciudad, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los
acontecimientos de su pasado: la distancia del suelo a un farol y los
pies colgantes de un usurpador ahorcado; el hilo tendido desde el farol
hasta la barandilla de enfrente y las guirnaldas que empavesan el recorrido
del cortejo nupcial de la reina; la altura de aquella barandilla y el
salto del adúltero que se descuelga de ella al alba; la inclinación
de una canaleta y el gato que la recorre majestuosamente para colarse
por la misma ventana; la línea de tiro de la cañonera que
aparece de improviso detrás del cabo y la bomba que destruye la
canaleta; los rasgones de las redes de pescar y los tres viejos que sentados
en el muelle para remendar las redes se cuentan por centésima ves
la historia de la cañonera del usurpador de quien se dice que era
un hijo adulterino de la reina, abandonado en pañales allí
en el muelle.
El hombre camina días entre los árboles y las piedras.
Raramente el ojo se detiene en una cosa y es cuando la ha reconocido como
el signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un
pantano anuncia una veta de agua, la flore del hibisco el fin del invierno.
Todo el resto del mundo es intercambiable; árboles y piedras son
lo que son.
Más allá de seis ríos y tres cadenas de montañas
surge Zora, ciudad que quien la ha visto una vez no puede olvidarla más.
Pero no porque deje, como otras ciudades memorables una imagen fuera de
lo común en los recuerdos. Zora tiene la propiedad de permanecer
en la memoria punto por punto, en la sucesión de las calles, y
de las casas a lo largo de las calles, y de las puertas y las ventanas
de las casas, aunque sin mostrar en ellas hermosuras o rarezas particulares.
Su secreto es la forma en que la vista corre por figuras que se suceden
como en una partitura musical donde no se puede cambiar o desplazar ninguna
nota. El hombre que sabe de memoria cómo es Zora, en la noche,
cuando no puede dormir imagina que camina por sus calles y recuerda el
orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas del peluquero,
la fuente de los nueve surtidores, la torre de vidrio del astrónomo,
el puesto del vendedor de sandías, el café de la esquina,
el atajo que va al puerto. Esta ciudad que no se borra de la mente es
como un armazón o una retícula en cuyas casillas cada uno
puede disponer las cosas que quiere recordar: nombres de varones ilustres,
virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas
de batallas, constelaciones, partes del discurso. Entre cada noción
y cada punto del itinerario podrá establecer un nexo de afinidad
o de contraste que sirva de llamada instantánea a la memoria. De
modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que tienen
en la mente a Zora.
De dos maneras se llega a Despina: en barco o en camello. La ciudad se
presenta diferente al que viene de tierra y al que viene del mar.
De la ciudad de Zirma, los viajeros vuelven con recuerdos bien claros:
un negro ciego que grita en la multitud, un loco que se asoma en la cornisa
de un rascacielos, una muchacha que pasea con un puma sujeto con una traílla.
En realidad muchos de los ciegos que golpean con el bastón el empedrado
de Zirma son negros, en todos los rascacielos hay alguien que se vuelve
loco, todos los locos se pasan horas en las cornisas, no hay puma que
no sea criado por un capricho de muchacha. La ciudad es redundante: se
repite para que algo llegue a fijarse en la mente.
Se supone que Isaura, la ciudad de los mil pozos, surge sobre un profundo
lago subterráneo. Dondequiera que los habitantes, excavando en
la tierra largos agujeros verticales, han conseguido sacar agua, hasta
allí y no más lejos se ha extendido la ciudad: su perímetro
verdeante repite el de las orillas oscuras del lago sepulto, un paisaje
invisible condiciona el visible, todo lo que se mueve al sol es impelido
por la ola que bate cerrada bajo el cielo calcáreo de la roca. Enviados a inspeccionar las remotas provincias, los mensajeros y recaudadores
del Gran Kan regresaban puntualmente al palacio real de Kemenfú
y a los jardines de magnolias a cuya sombra Kublai paseaba escuchando
sus largas relaciones. Los embajadores eran persas armenios sirios coptos
turcomanos; es el emperador el extranjero para cada uno de sus súbditos
y sólo a través de ojos y orejas extranjeros el imperio
podía manifestar su existencia a Kublai. En lenguas incomprensibles
para el Kan, los mensajeros referían noticias escuchadas en lenguas
que les eran incomprensibles: de ese opaco espesor sonoro, emergían
las cifras percibidas por el fisco imperial, los nombres y patronímicos
de los funcionarios depuestos y decapitados, las dimensiones de los canales
de riego que los magros ríos alimentaban en tiempos de sequía.
Pero cuando el que hacía el relato era el joven veneciano, una
comunicación diferente se establecía entre él y el
emperador. Recién llegado y absolutamente ignaro de las lenguas
de Levante, Marco Polo no podía expresarse sino con gestos; saltos,
gritos de maravilla y de horror, ladridos o cantos de animales, o con
objetos que iba extrayendo de su alforja: plumas de avestruz, cerbatanas,
cuarzos, y disponiendo delante de sí como piezas de ajedrez. De
vuelta de las misiones a que Kublai lo destinaba, el ingenioso extranjero
improvisaba pantomimas que el soberano debía interpretar: una ciudad
era designada por el salto de un pez que huía del pico del cormorán
para caer en una red, otra ciudad por un hombre desnudo que atravesaba
el fuego sin quemarse, una tercera por una calavera que apretaba entre
los dientes verdes de moho una perla cálida y redonda. El Gran
Kan descifraba los signos, pero el nexo entre éstos y los lugares
visitados seguía siendo incierto: no sabía nunca si Marco
quería representar una aventura que le había sucedido en
el viaje, una hazaña del fundador de la ciudad, la profecía
de un astrólogo, un acertijo o una charada para indicar un nombre.
Pero por manifiesto u oscuro que fuese, todo lo que Marco mostraba tenía
el poder de los emblemas, que una vez vistos no se pueden olvidar ni confundir.
En la mente del Kan el imperio se reflejaba en un desierto de datos frágiles
e intercambiables como granos de arena de los cuales emergían para
cada ciudad y provincia las figuras evocadas por los logogrifos del veneciano.
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