Las
ciudades, como los sueños, están construidas
de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso
sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas
engañosas, y toda cosa esconda otra.
LAS CIUDADES INVISIBLES: III, 56 |
Cada libro es muchos
libros, tantos como lectores tenga, puede decirse, o más aún
si se cuenta cada lectura, cada relectura, cada evocación en cada
memoria particular.
La extensión
y difusión de un libro no significa necesariamente que sea más
o menos prolífico en esos efectos de galería de espejos
en que el lector descompone y recompone la lectura en nuevos libros que
viven en su experiencia lectora.
Libros vastos como
la Biblia o El capital, pueden abrirse o cerrarse a la lectura con generosidad
o dogmatismo, según los tiempos y los lugares. Otros no menos extensos,
como el Quijote o el que contiene la Ilíada y la Odisea, parecen
no agotarse nunca.
Un libro comparativamente
breve y sencillo, dictado en una prisión genovesa en 1298 engendró,
con el tiempo, innumerables otros. Y cuando ese efecto multiplicador parecía
agotado, volvió a dar vida a otro más, en 1972. El libro
de las maravillas, o La división del mundo, o El mojón,
o simplemente Viajes, de Marco Polo, que encendió tanto imaginaciones
soñadoras como también utilitarias, durante siete siglos,
produjo al cabo Las ciudades invisibles, de Italo Calvino.
Este nuevo libro,
a pesar de su brevedad y sencillez, es él mismo dos, uno dentro
del otro. El primero, el exterior, es el relato de una conversación
que se desliza calmosa y serpenteante en el tiempo, entre Marco, el viajero
observador y memorioso, y Kublai Kan, el señor de los tártaros,
colmado de poder pero ávido de noticias del mundo sobre el que
reina y aún más allá.
El segundo libro,
el comprendido por aquel, es un catálogo de ciudades codiciadas
por Kublai y que Marco extiende como un joyero las piedras preciosas que
ofrece a la tentación del comprador sobre el oscuro y muelle paño
de terciopelo. Son 55 ciudades-joya, que cada una aspira a ser única,
capaz de seducir en un instante con sus reflejos, su color y su transparencia,
emanados de un interior tan cristalino como misterioso, que el diestro
tallista de Amberes o de Ginebra ha sabido extraer de una gris piedra
opaca.
Es una paradoja,
en este caso, que el contenido no deje ver el continente, y por eso vamos
a dejar de lado por hoy ese tesoro tan deslumbrante que constituye el
catálogo de ciudades que Marco Polo describe a Kublai Kan en Las
ciudades invisibles. A pesar de que su creador calificó de invisibles
a las ciudades que hace describir a Marco, son por el contrario un ejercicio
de imaginación visual hecho con palabras.
Nosotros vamos ahora
a concentrar nuestra atención lectora, por un momento, en el oscuro
paño que en el libro de Italo Calvino envuelve a las ciudades-joya
como la vaina al capullo de rosa aún no florecido.
Lo que haremos aquí
es leer el relato marco con que Calvino envolvió a sus ciudades
invisibles y que en el libro ha quedado adrede fragmentado e inconexo.
Cada uno de los nueve capítulos que componen Las ciudades invisibles
comienza y concluye con un fragmento de una escena en la que Marco Polo
y Kublai Kan discurren acerca de las ciudades que el primero ha visitado
en sus viajes y que el segundo ha conquistado con sus ejércitos.
Es una paradoja también
que Kublai, señor de tantas ciudades que le pagan tributo, no las
conozca con sus propios ojos. Marco le presta los suyos, aunque nunca
sabremos con seguridad si esos ojos son reales o son los de la imaginación.
Ya en vida de Marco, muchos de sus contemporáneos pensaban que
el libro que él dictara a Rustichello de Pisa era un cúmulo
de invenciones que sólo se sostenía ante la imposibilidad
material del auditorio de contrastarlo con la realidad.
La geografía
como género de la literatura fantástica no era nada novedoso
en la Alta Edad Media. Otros viajeros habían precedido a Marco
en el Camino de la Seda, pero sus libros no fueron tan conocidos como
el del veneciano, porque la imprenta no había hecho todavía
con ellos el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.
Pero ahora dejemos
hablar a Italo Calvino. Entre paréntesis cuadrados [
], los nombres de las ciudades que Marco describe a Kublai en cada
capítulo de Las ciudades invisibles.
I
No es que Kublai
Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades
que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los
tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad
y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores.
En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por
la amplitud desmesurada de los territorios que hemos conquistado, a la
melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos
y comprenderlos; una sensación como de vacío que nos acomete
una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia
y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros;
un vértigo que hace temblar los ríos y las montañas
historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre
otro los despachos que anuncian el derrumbarse de los últimos ejércitos
enemigos de derrota en derrota y resquebraja el lacre de los sellos de
reyes a quienes jamás hemos oído nombrar, que imploran la
protección de nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos
anuales en metales preciosos, cueros curtidos y caparazones de tortuga;
es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos había
parecido la suma de todas las maravillas es una destrucción sin
fin ni forma, que su corrupción está demasiado gangrenada
para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los
soberanos enemigos nos ha hechos herederos de su larga ruina. Sólo
en los informes de Marco Polo, Kublai Kan conseguía discernir,
a través de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse,
la filigrana de un diseño tan sutil que se escapaba a la mordedura
de las termitas.
[DOROTEA,
ZAIRA, ANASTASIA, TAMARA, ZORA, DESPINA, ZIRMA, ISAURA]
Enviados a inspeccionar
las remotas provincias, los mensajeros y recaudadores del Gran Kan regresaban
puntualmente al palacio real de Kemenfú y a los jardines de magnolias
a cuya sombra Kublai paseaba escuchando sus largas relaciones. Los embajadores
eran persas armenios sirios turcomanos; es el emperador el extranjero
para cada uno de sus súbditos y sólo a través de
ojos y orejas extranjeros el imperio podía manifestar su existencia
a Kublai. En lenguas incomprensibles para el Kan los mensajeros referían
historias escuchadas en lenguas que les eran incomprensibles: de ese opaco
espesor sonoro emergía las cifras percibidas por el fisco imperial,
los nombres y los patronímicos de los funcionarios depuestos y
decapitados, las dimensiones de los canales de riego que los magros ríos
alimentaban en tiempos de sequía. Pero cuando el que hacía
el relato era el joven veneciano, una comunicación diferente se
establecía entre él y el emperador. Recién llegado
y absolutamente ignaro de las lenguas de Levante, Marco Polo no podía
expresarse sino con gestos; saltos, gritos de maravilla y horror, ladridos
o cantos de animales, o con objetos que iba extrayendo de su alforja:
plumas de avestruz, cerbatanas, cuarzos, y disponiendo delante de sí
como piezas de ajedrez. De vuelta de las misiones a que Kublai lo destinaba,
el ingenioso extranjero improvisaba pantomimas que el soberano debía
interpretar: una ciudad era designada por el salto de un pez que huía
del pico del cormorán para caer en una red; otra ciudad, por un
hombre desnudo que atravesaba el fuego sin quemarse; una tercera, por
una calavera que apretaba entre los dientes verdes de moho una perla cándida
y redonda. El Gran Kan descifraba los signos, pero el nexo entre estos
y los lugares visitados seguía siendo incierto: no sabía
nunca si Marco quería representar una aventura que le había
sucedido en el viaje, una hazaña del fundador de la ciudad, la
profecía de un astrólogo, un acertijo o una charada para
indicar un nombre. Pero por manifiesto u oscuro que fuese, todo lo que
Marco mostraba tenía el poder de los emblemas, que una vez vistos
no los podemos olvidar ni confundir. En la mente del Kan el imperio se
reflejaba en un desierto de datos frágiles e intercambiables como
granos de arena de los cuales emergían para cada ciudad y provincia
las figuras evocadas por los logogrifos del veneciano.
Con el sucederse de las estaciones y de las embajadas, Marco se familiarizó
con la lengua tártara y con muchos idiomas de naciones y dialectos
de tribus. Sus relatos eran ahora los más precisos y minuciosos
que el Gran Kan pudiera desear y no había cuestión o curiosidad
a la que no respondiesen, y sin embargo, toda noticia sobre un lugar remitía
la mente del emperador a aquel primer gesto u objeto con el que Marco
lo había designado. El nuevo dato recibía un sentido de
aquel emblema y al mismo tiempo añadía al emblema un sentido
nuevo. Quizá el Imperio, pensó Kublai, no es sino un zodíaco
de fantasmas de la mente.
–El día que conozca todos los emblemas –preguntó
a Marco– ¿conseguiré al fin poseer mi imperio?
Y el veneciano:
–Sire, no lo creas: ese día serás tú el emblema
de los emblemas.
II
–Los otros
embajadores me advierten de carestías, de concusiones, de conjeturas,
o bien me señalan minas de turquesas recién descubiertas,
precios ventajosos de las pieles de marta, propuestas de suministro de
armas damasquinas. ¿Y tú? –preguntó a Polo
el Gran Kan. Vuelves de comarcas tan lejanas y todo lo que sabes decirme
son los pensamientos que se le ocurren al que toma el fresco por la noche
sentado en el umbral de su casa. ¿De qué te sirve, entonces,
viajar tanto?
–Es de noche, estamos sentados en las escalinatas de tu palacio,
sopla un poco de viento –respondió Marco Polo. Cualquiera
que sea la comarca que mis palabras evoquen en torno a ti, la verás
desde un observatorio situado como el tuyo, aunque en lugar del palacio
real haya una aldea lacustre y la brisa traiga el olor de un estuario
fangoso.
–Mi mirada es la del que está absorto y medita, lo admito.
¿Pero y la tuya? Atraviesas archipiélagos, tundras, cadenas
de montañas. Daría lo mismo que no te movieses de aquí.
El veneciano sabía que cuando Kublai se las tomaba con él
era para seguir mejor el hilo de sus razonamientos; y que sus respuestas
y objeciones se situaban e un discurso que ya se desenvolvía por
cuenta propia en la cabeza del Gran Kan. O sea que entre ellos era indiferente
que se enunciaran en voz alta problemas o soluciones o que cada uno de
los dos siguiera rumiándolos en silencio. En realidad estaban mudos,
con los ojos entrecerrados, recostados sobre almohadones, meciéndose
en hamacas, fumando largas pipas de ámbar.
Marco Polo imaginaba que respondía (o Kublai imaginaba su respuesta)
que cuanto más se perdía en barrios desconocidos de ciudades
lejanas, más entendía las otras ciudades que había
atravesado para llegar hasta allí, y recorría las etapas
de sus viajes, y aprendía a conocer el puerto del cual había
zarpado, y los sitios familiares de su juventud, y los alrededores de
su casa, una placita de Venecia donde corría de pequeño.
Llegado a este punto, Kublai Kan lo interrumpía o imaginaba que
lo interrumpía, o Marco Polo imaginaba que lo interrumpía
con una pregunta como:
–¿Avanzas siempre con la cabeza vuelta hacia atrás?
O bien:
–¿Lo que ves está siempre a tus espaldas?
O mejor:
–¿Tu viaje se desarrolla siempre en el pasado?
Todo para que Marco Polo pudiese explicar o imaginar que explicaba o haber
imaginado que explicaba o conseguir por último explicarse a sí
mismo que aquello que buscaba era siempre algo que estaba delante de él,
y aunque se tratara del pasado era un pasado que cambiaba a medida que
avanzaba en su viaje, porque el pasado del viajero cambia según
el itinerario cumplido, no digamos el pasado próximo al que cada
día que pasa añade un día, sino el pasado más
remoto. Al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo
que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que
no eres o no posees más te espera al paso de los lugares extraños
y no poseídos.
Marco entra en una ciudad; ve a alguien vivir en una plaza una vida o
un instante que podrían ser suyos; en el lugar de aquel hombre
ahora hubiera podido estar él su se hubiese detenido en el tiempo
tanto tiempo antes, o bien si tanto tiempo antes en una encrucijada en
vez de tomar por una calle hubiese tomado por la opuesta y después
de una larga vuelta hubiese ido a encontrarse en el lugar de aquel hombre
en aquella plaza. En adelante, de aquel pasado suyo verdadero e hipotético,
está excluido; no puede detenerse; debe continuar hasta otra ciudad
donde lo espera otro pasado suyo, o algo que quizá había
sido un posible futuro y ahora es el presente de algún otro. Los
futuros no realizados son sólo ramas del pasado: ramas secas.
–¿Viajas para revivir tu pasado?, era en ese momento la pregunta
del Kan, que podía también formularse así: ¿Viajas
para encontrar tu futuro?.
Y la respuesta de Marco:
–El allá es un espejo en negativo. El viajero reconoce lo
poco que es suyo al descubrir lo mucho que no ha tenido y no tendrá.
[MAURILIA,
FEDORA, ZOE, ZENOBIA, EUFEMIA]
...Recién
llegado y sin saber nada de las lenguas del Levante, Marco Polo no podía
expresarse sino extrayendo objetos de sus maletas: tambores, pescado salado,
collares de dientes de facocero, y señalándolos con gestos,
saltos, gritos de maravilla o de horror, o imitando el ladrido del chacal
y el grito del búho.
No siempre las conexiones entre un elemento y otro del retrato eran evidentes
para el emperador; los objetos podían querer decir cosas diferentes:
un carcaj lleno de flechas indicaba ya la proximidad de una guerra, la
abundancia de caza, o bien una armería; una clepsidra podía
significar el tiempo que pasa o que ha pasado, o bien la arena, o un taller
donde se fabrican clepsidras.
Pero lo que hacía precioso para Kublai todo hecho o noticia referidos
por su inarticulado informador era el espacio que quedaba en su torno,
un vacío no colmado de palabras. Las descripciones de ciudades
visitadas por Marco Polo tenían esa virtud: que se podía
dar vuelta con el pensamiento en medio de ellas, perderse, detenerse a
tomar el fresco, o escapar corriendo.
Con el paso del tiempo, en los relatos de Marco las palabras fueron sustituyendo
los objetos y los gestos; primero exclamaciones, nombres aislados, verbos
secos, después giros de frase, discursos ramificados y frondosos,
metáforas y tropos. El extranjero había aprendido a hablar
la lengua del emperador, o el emperador la lengua del extranjero.
Pero se hubiera dicho que la comunicación entre ellos era menos
feliz que antes: es cierto que las palabras servían mejor que los
objetos y los gestos para catalogar las cosas más importantes en
cada provincia y ciudad: monumentos, mercados, trajes, fauna y flora;
sin embargo, cuando Polo comenzaba a decir cómo debía ser
la vida en aquellos lugares, día por día, noche por noche,
las palabras se le ocurrían menos, y poco a poco volvía
a los gestos, a muecas, a ojeadas.
Así, para cada ciudad, a las noticias fundamentales enunciadas
con vocablos precisos, hacía seguir un comentario mudo, alzando
las manos en palma, de dorso o de canto, en movimientos rectos u oblicuos,
espasmódicos o lentos. Una nueva especie de diálogo se estableció
entre ambos: las blancas manos del Gran Kan, cargadas de anillos, respondían
con movimientos compuestos a aquellas ágiles y nudosas del mercader.
Al crecer el entendimiento entre ambos, las manos empezaron a asumir actitudes
estables que correspondían cada una a un movimiento del ánimo
en su alternancia y repetición. Y mientras el vocabulario de las
cosas se renovaba con los muestrarios de las mercancías, el repertorio
de los comentarios mudos tendía a cerrarse y fijarse. Hasta el
placer de recurrir a ellos disminuían en ambos; en sus conversaciones
permanecían la mayor parte del tiempo callados e inmóviles.
III
Kublai Kan había
advertido que las ciudades de Marco Polo se parecían, como si el
paso de una a la otra no implicara un viaje sino un cambio de elementos.
Ahora, de cada ciudad que Marco le describía, la mente del Gran
Kan partía por cuenta propia, y desmontada la ciudad parte por
parte, la reconstruía de otro modo, sustituyendo ingredientes,
desplazándolos, invirtiéndolos.
Marco entretanto continuaba refiriendo su viaje, pero el emperador ya
no lo escuchaba, lo interrumpía:
–De ahora en adelante seré yo quien describa las ciudades
y tú verificarás si existen y si son como yo las he pensado.
Empezaré a preguntrte por una ciudad en gradas, expuesta al siroco,
en un golfo en medialuna. Ahora diré alguna de las maravillas que
contiene: una piscina de vidrio alta como una catedral para seguir la
natación y el vuelo de los peces golondrina y extraer auspicios;
una palmera que con las hojas al viento toca el arpa; una plaza rodeada
por una mesa de mármol, aderezada con manjares y bebidas todos
de mármol.
–Sire, estabas distraído. De esa ciudad justamente te estaba
hablando cuando me interrumpiste.
–¿La conoces? ¿Dónde está? ¿Cuál
es su nombre?
–No tiene ningún nombre ni lugar. Te repito la razón
por la cual la describía: del número de ciudades imaginarias
hay que excluir aquellas en las cuales se suman elementos sin un hilo
que las conecte, sin una regla interna, una perspectiva, un discurso.
Ocurre con las ciudades como con los sueños: todo lo imaginable
puede ser soñado pero hasta el sueño más inesperado
es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un miedo. Las
ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y
de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas,
sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra.
–No tengo deseos ni miedos, declaró el Kan, y mis sueños
están compuestos o por la mente o por el azar.
–También las ciudades creen que son obra de la mente o del
azar, pero ni la una ni el otro bastan para tener en pie sus muros. De
una ciudad no disfrutas las siete o las setenta y siete maravillas, sino
la respuesta que da a una pregunta tuya.
–O la pregunta que te hace obligándote a responder, como
Tebas por la boca de la Esfinge.
[ZOBEIDA, IPAZIA,
ARMILIA, CLOE, VALDRADA]
El Gran Kan ha soñado
una ciudad: la describe a Marco Polo:
–El puerto está expuesto al septentrión, en la sombra.
Los muelles son altos sobre el agua negra que golpea contra los cimientos;
escaleras de piedra bajan resbalosas de algas. Barcas embadurnadas de
alquitrán esperan en el fondeadero a los viajeros que se demoran
en el muelle diciendo adiós a las familias. Las despedidas se desenvuelven
en silencio pero con lágrimas. Hace frío; todos llevan chales
en la cabeza. Una llamada del barquero pone fin a la demora; el viajero
se acurruca en la proa, se aleja mirando hacia el grupo de los que quedan;
de la orilla ya no se distinguen los contornos; hay neblina; la barca
aborda una nave anclada; por la escalerilla sube una figura encogida;
desaparece; se siente alzarse la cadena oxidada que raspa contra el escobén.
Los que se quedan se asoman a las escarpas del muelle para seguir con
los ojos al barco hasta que dobla el cabo; agitan por última vez
un trapo blanco.
–Vete de viaje, explora todas las costas y busca esa ciudad, dice
el Kan a Marco. Después vuelve a decirme su mi sueño responde
a la verdad.
–Perdóname, Sire: no hay duda de que tarde o temprano me
embarcaré en aquel muelle, dice Marco, pero no volveré para
contártelo. La ciudad existe y tiene un simple secreto: conoce
sólo partidas y no retornos.
IV
Los labios apretados
en el tubo de ámbar de la pipa, la barba aplastada contra el gorjal
de amatistas, los dedos de los pies curvados nerviosamente en las pantuflas
de seda, Kublai Kan escuchaba los relatos de Marco Polo sin alzar la vista.
Eran las noches en que una congoja hipocondríaca pesaba sobre su
corazón.
–Tus ciudades no existen. Quizá no han existido nunca. Con
seguridad no existirán más. ¿Por qué te solazas
en fábulas consoladoras? Bien sé que mi imperio se pudre
como un cadáver en el pantano, cuya pestilencia infecta tanto a
los cuervos que lo picotean como al bambú que crece fertilizado
por su licuefacción hedionda. ¿Por qué no me hablas
de eso? ¿Por qué mientes al emperador de los tártaros,
extranjero?
Polo sabía seguir el humor negro del soberano.
–Sí, el imperio está enfermo y, lo que es peor, trata
de acostumbrarse a sus llagas. El fin de mis exploraciones es éste:
escrutando las huellas de la felicidad que todavía se entrevén,
mido su penuria. Si quieres saber cuánta oscuridad tienes a tu
alrededor, debes agudizar la mirada en las débiles luces lejanas.
A veces el Kan era presa en cambio de accesos de euforia. Se alzaba sobre
los cojines, medía a largos pasos las alfombras tendidas bajo sus
pies sobre la hierba, se asomaba a las balaustradas de las terrazas para
dominar con ojo alucinado la extensión de los jardines del palacio
real iluminados por farolillos colgados de los cedros.
–Y sin embargo, decía, sé que mi imperio está
hecho de la materia de los cristales, y agrega sus moléculas siguiendo
un dibujo perfecto. En medio del hervor de los elementos toma forma un
diamante espléndido y durísimo, una inmensa montaña
facetada y transparente. ¿Por qué tus impresiones de viaje
se detienen en las engañosas apariencias y no captan este proceso
incontenible? ¿Por qué induces a melancolías inesenciales?
¿Por qué escondes al emperador la grandeza de su destino?
Y Marco:
–Mientras a una orden tuya, Sire, la ciudad una y última
alza sus muros sin mácula, yo recojo las cenizas de las otras ciudades
posibles que desaparecen para cederle lugar y no podrán ser reconstruidas
ni recordadas más. Sólo si conoces el residuo de infelicidad
que ninguna piedra preciosa llegará a resarcir, podrás calcular
el número exacto de quilates a que debe tender el diamante final,
y no errarás los cálculos de tu proyecto desde el principio.
[OLIVIA, SOFRONIA,
EUTROPIA, ZEMRUDE, AGLAURA]
–De ahora en
adelante seré yo quien describa las ciudades, había dicho
el Kan. Tú en tus viajes verificarás si existen.
Pero las ciudades visitadas por Marco eran siempre distintas de las pensadas
por el emperador.
–Y sin embargo, he construido en mi mente un modelo de ciudad, de
la cual se pueden deducir todas las ciudades posibles, dijo Kublai. Aquel
encierra todo lo que responde a la norma. Como las ciudades que existen
se alejan en diverso grado de la norma, me basta prever las excepciones
a la norma y calcular sus combinaciones más probables.
–También yo he pensado en un modelo de ciudad de la cual
deduzco todas las otras, respondió Marco. Es una ciudad hecha sólo
de excepciones, impedimentos, contradicciones, incongruencias, contrasentidos.
Si una ciudad así es cuanto hay de más improbable, disminuyendo
el número de los elementos fuera de la norma aumentan las posibilidades
de que la ciudad verdaderamente sea. Por lo tanto basta que yo sustraiga
excepciones a mi modelo, y en cualquier orden que proceda llegaré
a encontrarme delante de una de las ciudades que, si buen siempre a modo
de excepción, existen. Pero no puedo llevar mi operación
más allá de cierto límite: obtendría ciudades
demasiado verosímiles para ser verdaderas.
V
Desde la alta balaustrada
del palacio el Gran Kan mira crecer el imperio. La primera en dilatarse
había sido la línea de los confines que engloba los territorios
conquistados, pero la avanzada de los regimientos encontraba comarcas
semidesiertas, míseras aldeas de cabañas, aguazales donde
se daba mal el arroz, poblaciones magras, ríos secos, cañas.
“Es hora de que mi imperio, ya demasiado crecido hacia afuera –pensaba
el Kan– empiece a crecer hacia adentro”, y soñaba bosques
de granadas maduras cuya corteza se raja, cebúes cocinándose
al asador y rezumantes de tocino, vetas metalíferas que manan en
desmoronamientos de pepitas brillantes.
Ahora muchas estaciones de abundancia han colmado los graneros. Los ríos
en crecida han arrastrado bosques de vigas destinadas a sostener los techos
de bronce de los templos y palacios. Caravanas de esclavos han desplazado
montañas de mármol serpentino a través del continente.
El Gran Kan contempla un imperio recubierto de ciudades que pesan sobre
la tierra y sobre los hombres, abarrotado de riquezas y pletórico,
sobrecargado de ornamentos y de obligaciones, complicado de mecanismos
y de jerarquías, hinchado, tenso, pesado.
“Su propio peso es el que está aplastando al imperio”,
piensa Kublai, y en sus sueños aparecen ciudades ligeras como cornetas,
ciudades caladas como encajes, ciudades transparentes como mosquiteros,
ciudades nervadura de hoja, ciudades línea de la mano, ciudades
filigrana para verlas a través de su opaco y ficticio espesor.
–Te contaré lo que soñé anoche, dice a Marco.
En medio de una tierra chata y amarilla, sembrada de meteoritos y de rocas
erráticas, veía elevarse a lo lejos las agujas de la ciudad
de pináculos afinados, hechos de modo que la luna en su viaje pueda
posarse ya sobre uno ya sobre otro, o mecerse colgada de los cables de
las grúas.
Y Polo:
–La ciudad que has soñado es Lálage. Esas invitaciones
a hacer alto en el cielo nocturno las dispusieron los habitantes para
que la luna conceda a todas las cosas de la ciudad el don de crecer y
volver a crecer sin fin.
–Hay algo que no sabes, añadió el Kan. Agradecda,
la luna ha otorgado a la ciudad de Lálage un privilegio más
raro: crecer en ligereza.
[OTTAVIA, ERSILIA,
BAUCI, LEANDRA, MELANIA]
Marco Polo describe
un puente, piedra por piedra.
–¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente?,
pregunta Kublai Kan.
–El puente no está sostenido por esta o aquella piedra –
responde Marco– sino por la línea del arco que ellas forman.
Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:
–¿Por qué me hablas de las piedras? Es sólo
el arco lo que me importa.
Polo responde:
–Sin piedras no hay arco.
VI
–¿Te
ha sucedido alguna vez ver una ciudad que se parezca a ésta?, preguntaba
una tarde Kublai a Marco Polo, asomando la mano ensortijada fuera del
baldaquín de seda del bucentauro imperial, para señalar
los puentes que se arquean sobre los canales, los palacios principescos
cuyos umbrales de mármol se sumergen en el agua, el ir y venir
de los botes livianos que dan vueltas en zigzag impulsados por largos
remos, las gabarras que descargan cestas de hortalizas en las plazas de
los mercados, los balcones, las azoteas, las cúpulas, los campaniles,
los jardines de las islas que verdean en el gris de la laguna.
El emperador, acompañado por su dignatario forastero, visitaba
Quinsai, antigua capital de depuestas dinastías, última
perla engastada en la corona del Gran Kan.
–No, Sire, respondió Marco. Nunca hubiese imaginado yo que
pudiera existir una ciudad semejante a ésta.
El emperador trató de escrutarlo con los ojos. El extranjero bajó
la mirada. Kublai permaneció silencioso todo el día.
Después del crepúsculo, en las terrazas del palacio real,
Marco Polo exponía al soberano los resultados de sus embajadas.
Habitualmente el Gran Kan terminaba las noches saboreando con los ojos
entrecerrados estos relatos hasta que su primer bostezo daba al séquito
de pajes la señal de encender las antorchas para guiar al soberano
hasta el Pabellón del Augusto Sueño. Pero esta vez Kublai
no parecía dispuesto a ceder a la fatiga.
–Dime una ciudad más, insistía.
–...Desde allí el hombre parte y cabalga tres jornadas entre
gregal y levante, proseguía diciendo Marco, y enumeraba nombres
y costumbres y comercios de gran número de tierras. Su repertorio
podía considerarse inagotable, pero ahora le tocó rendirse.
Era el alba cuando dijo:
–Sire, ahora te he hablado de todas las ciudades que conozco.
–Queda una de la que no me hablas jamás.
Marco Polo inclinó la cabeza.
–Venecia, dijo el Kan.
Marco sonrió.
–¿Y de qué otra cosa crees que te hablaba?
El emperador no pestañeó.
–Sin embargo no te he oído nunca pronunciar su nombre.
Y Polo:
–Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia.
–Cuando te pregunto por otras ciudades, quiero oírte hablar
de ellas. Y de Venecia, cuando te pregunto por Venecia.
–Para distinguir las cualidades de las otras, debo partir de una
primera ciudad que permanece implícita. Para mí es Venecia.
–Deberías entonces empezar cada relato de tus viajes por
la partida, describiendo Venecia como es, toda entera, sin omitir nada
de lo que recuerdes de ella.
El agua del lago estaba apenas encrespada; el reflejo de cobre del antiguo
palacio de los Sung se desmenuzaba en reverberaciones centelleantes como
hojas que flotan.
–Las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras,
se borran, dijo Polo. Quizá a Venecia tengo miedo perderla toda
de una vez, si hablo de ella. O quizá hablando de otras ciudades
la he perdido ya poco a poco.
[SMERALDINA, FILLIDE,
PIRRA, ADELMA, EUDOSSIA]
–...¡Entonces
es de veras un viaje en la memoria, el tuyo...!
El Gran Kan, siempre con el oído atento, se sobresaltaba en la
hamaca cada vez que percibía en el discurso de Marco una inflexión
suspirosa.
–...¡Para soportar una carga de nostalgia has ido tan lejos!,
exclamaba.
O bien:
–¡Con la bodega llena de añoranzas vuelves de tus expediciones!
Y añadía con sarcasmo:
–¡Magras adquisiciones, a decir verdad, para un mercader de
la Serenísima!
Este era el punto al que tendían todas las preguntas de Kublai
sobre el pasado y sobre el futuro; hacía una hora que jugaba como
el gato con el ratón, y finalmente ponía a Marco en aprietos,
cayéndole encima, plantándole una rodilla sobre el pecho,
aferrándolo por la barba:
–Esto era lo que quería saber de ti; confiesa qué
contrabandeas: ¡estados de ánimo, estados de gracia, elegías!.
Frases y actos quizá sólo pensados, mientras los dos, silenciosos
e inmóviles, miraban subir lentamente el humo de sus pipas. La
nube ya se disolvía en un hilo de viento, ya quedaba suspendida
en la mitad del aire; y la respuesta estaba en aquella nube. Al soplo
que se llevaba el humo, Marco pensaba en los vapores que nublan la extensión
del mar y las cadenas de montañas y al despejarse dejan el aire
seco y diáfano revelando ciudades lejanas. Más allá
de aquella pantalla de humores volátiles quería llegar su
mirada: la forma de las cosas se distingue mejor en lontananza.
O bien la nube se detenía apenas salida de los labios, densa y
lenta, y remitía a otra visión: las exhalaciones que se
estancan sobre los techos de las metrópolis, el humo opaco que
no se desliza, la capa de miasmas que pesa sobre las calles bituminosas.
No las frágiles nieblas de la memoria ni la seca transparencia
sino los tizones de las vidas quemadas que forman una cáscara sobre
la ciudad, la esponja hinchada de materia vital que no se escurre más,
el atasco de pasado presente futuro que bloquea las existencias calcificadas
en la ilusión del movimiento: esto encontrabas al término
del viaje.
VII
Kublai:
–No sé cuándo has tenido tiempo de visitar todos los
países que me describes. A mí me parece que no te has movido
nunca de estos jardines.
Polo:
–Todo lo que veo y hago cobra sentido en un espacio de la mente
donde reina la misma calma que aquí, la misma penumbra, el mismo
silencio recorrido por crujidos de hojas. En el momento en que me concentro
en la reflexión, me encuentro siempre en este jardín, a
esta hora de la noche, en tu augusta presencia, aunque siempre remontando
sin un instante de descanso un río verde de cocodrilos o contando
las barricas de pescado salado que bajan a la bodega.
Kublai:
–Yo tampoco estoy seguro de estar aquí, paseando entre las
fuentes de pórfido, escuchando el eco de los surtidores, y no cabalgando
con costras de sudor y sangre a la cabeza de mi ejército, conquistando
los países que tú tendrás que describir, o tronchando
los dedos de los asaltantes que escalan los muros de una fortaleza asediada.
Polo:
–Tal vez este jardín existe sólo a la sombra de nuestros
párpados bajos, y nunca hemos cesado, tú de levantar el
polvo en los campos de batalla, yo de contratar costales de pimienta en
lejanos mercados, pero cada vez que entrecerramos los ojos en medio del
estruendo y la muchedumbre, nos está permitido retirarnos aquí
vestidos con quimonos de seda, considerando lo que estamos viendo y viviendo,
sacando las conclusiones, contemplando desde lejos.
Kublai:
–Quizá este diálogo nuestro se desenvuelve entre dos
harapientos apodados Kublai Kan y Marco Polo, que revuelven en un basural,
amontonan chatarra oxidada, pedazos de trapo, papeles viejos, y ebrios
con unos pocos tragos de mal vino ven resplandecer a su alrededor todos
los tesoros del Oriente.
Polo:
–Quizá del mundo ha quedado un terreno baldío, cubierto
de albañales y el jardín colgante del palacio del Gran Kan.
Son nuestros párpados los que los separan, pero no se sabe cuál
está adentro y cuál afuera.
[MORIANA, CLARICE,
EUSAPIA, BERSABEA, LEONIA]
Polo:
–...Tal vez este jardín sólo asoma sus terrazas sobre
el lago de nuestra mente...
Kublai:
–...y por lejos que nos lleven nuestras atormentadas empresas de
condotieros y de mercaderes, ambos custodiamos dentro de nosotros esta
sombra silenciosa, esta conversación pausada, esta noche siempre
igual.
Polo:
–A menos que sea cierta la hiótesis opuesta: que quienes
se afanan en los campamentos y en los puertos existan sólo porque
los pensamos nosotros dos, encerrados entre estos setos de bambú,
inmóviles desde siempre.
Kublai:
–Que no existan la fatiga, los alaridos, las heridas, el hedor,
sino sólo esta planta de azalea.
Polo:
–Que los cargadores, los picapedreros, los barrenderos, las cocineras
que limpian las entrañas de los polos, las lavanderas inclinadas
sobre la piedra, las madres de familia que revuelven el arroz amamantando
a los recién nacidos existan sólo porque nosotros los pensamos.
Kublai:
–A decir verdad, yo no los pienso nunca.
Polo:
–Entonces no existen.
Kublai:
–No creo que esa conjetura nos convenga. Sin ellos nunca podríamos
estar meciéndonos en nuestras hamacas.
Polo:
–Hay que excluir la hipótesis, entonces. Por lo tanto será
cierta la otra: que existan ellos y no los otros.
Kublai:
–Hemos demostrado que si existiéramos, no estaríamos
aquí.
Polo:
–Pero en realidad estamos.
VIII
A los pies del trono
del Gran Kan se extendía un pavimento de mayólica. Marco
Polo, informador mudo, exhibía el muestrario de las mercancías
traídas de sus viajes a los confines del imperio: un yelmo, una
conchilla, un coco, un abanico. Disponiendo en cierto orden los objetos
sobre las baldosas blancas y negras, y desplazándolos, el embajador
trataba de representar a los ojos del monarca las vicisitudes de su viaje,
el estado del imperio, las prerrogativas de las remotas cabezas de distrito.
Kublai era un atento jugador de ajedrez; siguiendo los gestos de Marco
observaba que ciertas piezas implicaban o excluían la vecindad
de otras piezas y se desplazaban según ciertas líneas. Desentendiéndose
de la variedad de formas de los objetos, definía el modo de disponerse
los unos respecto de los otros sobre el pavimento de mayólica.
Pensó: “Si cada ciudad es como una partida de ajedrez, el
día que llegue a conocer sus reglas poseeré finalmente mi
imperio, aunque jamás consiga conocer todas las ciudades que contiene”.
En el fondo, era inútil que Marco para hablarle recurriese a tantas
zarandajas: bastaba un tablero de ajedrez con sus formas exactamente clasificables.
A cada pieza se le podía atribuir vuelta a vuelta un significado
apropiado: un caballo podía representar tanto un verdadero caballo
como un cortejo de carrozas, un ejército en marcha, un monumento
ecuestre; y una reina podía ser una dama asomada al balcón,
una fuente, una iglesia de cúpula puntiaguda, una planta de membrillo.
Al volver de su última misión, Marco Polo encontró
al Kan esperándolo sentado delante de un tablero de ajedrez. Con
un gesto lo invitó a sentarse delante de él y a describirle
con la sola ayuda del juego las ciudades que había visitado. El
veneciano no se desanimó. El ajedrez del Gran Kan tenía
grandes piezas de marfil pulido: disponiendo sobre el tablero torres amenazadoras
y caballos espantadizos, agolpando enjambres de peones, trazando caminos
rectos u oblicuos como el paso majestuoso de la reina, Marco recreaba
las perspectivas y los espacios de ciudades blancas y negras en las noches
de luna.
Al contemplar estos paisajes esenciales, Kublai reflexionaba en el orden
visible que rige las ciudades, en las reglas a las que responde su surgir
y cobrar forma y prosperar y adaptarse a las estaciones y marchitarse
y caer en ruinas. A veces le parecía que estaba a punto de descubrir
un sistema coherente y armonioso por debajo de las infinitas deformidades
y desarmonías, pero ningún modelo resistía la comparación
con el juego de ajedrez. Quizá, en vez de afanarse por evocar con
el magro auxilio de las piezas de ajedrez visiones de todos modos destinadas
al olvido, bastaba jugar una partida según las reglas, y contemplar
cada estado sucesivo del tablero como una de las innumerables formas que
el sistema de las formas compone y destruye.
En adelante Kublai Kan no tenía necesidad de enviar a Marco Polo
a expediciones lejanas: lo retenía jugando interminables partidas
de ajedrez. El conocimiento del imperio estaba escondido en el diseño
trazado por los saltos espigados del caballo, por los pasajes en diagonal
que se abren a las incursiones del alfil, por el paso arrastrado y cauto
del rey y del humilde peón, por las alternativas inexorables de
cada partida.
El Gran Kan trataba de ensimismarse en el juego: pero ahora el porqué
del juego lo que se le escapaba. El fin de cada partida es una victoria
o una pérdida: ¿pero, de qué?. ¿Cual era la
verdadera apuesta? En el jaque mate, bajo el pie del rey destituido por
la mano del vencedor, queda un cuadrado negro o blanco. A fuerza de descarnar
sus conquistas para reducirlas a al esencia, Kublai había llegado
a la operación extrema: la conquista definitiva, de la cual los
multiformes tesoros del imperio no eran sino apariencias ilusorias, se
reducía a una tesela de madera cepillada: la nada...
[IRENE, ARGIA, TECLA,
TRUDE, OLINDA]
...El Gran Kan trataba
de ensimismarse en el juego: pero ahora era el por qué del juego
lo que se le escapaba. El fin de cada partida es una ganancia o una pérdida;
¿pero de qué?. ¿Cual era la verdadera apuesta? En
el jaque mate, bajo el pie del rey destituido por la mano del vencedor,
queda un cuadrado negro o blanco. A fuerza de descarnar sus conquistas
para reducirlas a al esencia, Kublai había llegado a la operación
extrema: la conquista definitiva, de la cual los multiformes tesoros del
imperio no eran sino apariencias ilusorias, se reducía a una tesela
de madera cepillada.
Entonces Marco Polo habló:
–Tu tablero, Sire, es una taracea de dos maderas: ébano y
arce. La tesela sobre la cual se fija tu mirada luminosa fue tallada en
un estrato del tronco que creció en un año de sequía:
¿ves cómo se disponen las fibras?. Aquí protubera
un nudo apenas insinuado: una yema trató de despuntar un día
de primavera precoz, pero la helada de la noche la obligó a desistir...
El Gran Kan no se había dado cuenta hasta entonces de que el extranjero
supiera expresarse con tanta fluidez en su lengua, pero no era esto lo
que lo pasmaba.
–...Aquí hay un poro más grande, continúa Marco.
Tal vez fue el nido de una larva; no de carcoma, porque apenas nacido
hubiera seguido cavando, sino de un brugo que royó las hojas y
fue la causa de que se eligiera el árbol para talarlo. Este borde
lo talló el ebanista con la gubia para que se adhiriera al cuadrado
vecino, más saliente.
La cantidad de cosas que se podían leer en un pedacito de madera
liso y vacío abismaba a Kublai; ya Polo le estaba hablando de los
bosques de ébano, de las balsas de troncos que descienden los ríos,
de los atracaderos, de las mujeres en las ventanas...
IX
El Gran Kan posee
un atlas donde todas las ciudades del imperio y de los reinos circunvecinos
están dibujadas palacio por palacio y calle por calle, con los
muros, los ríos, los puentes, los puertos, las escolleras. Sabe
que de los informes de Marco Polo es inútil esperar noticias de
aquellos lugares que por lo demás bien conoce: cómo en Cambaluc,
capital de la China, hay tres ciudades cuadradas, una dentro de la otra,
con cuatro templos cada una y cuatro puertas que se abren según
las estaciones; cómo en la isla de Java se enfurece el rinoceronte
que carga con el cuerno mortífero; cómo se pescan las perlas
en el fondo del mar de las costas de Maabar.
Kublai pregunta a Marco:
–Cuando regreses al Poniente, ¿repetirás a tu gente
los mismos relatos que me haces a mí?
–Yo hablo, hablo, pero el que me escucha retiene sólo las
palabras que espera, dice Marco. Una es la descripción del mundo
a la que prestas oídos benévolos, otra la que dará
la vuelta de los corrillos de descargadores y gondoleros en los muelles
de mi casa el día de mi regreso, otra la que podría dictar
a avanzada edad, si cayera prisionero de piratas genoveses y me pusieron
al cepo en la misma celda junto con un escritor de novelas de aventuras.
Lo que comanda el relato no es la voz sino el oído.
–A veces me parece que tu voz me llega de lejos, mientras soy prisionero
de un presente vistoso e invisible en que todas las formas de convivencia
humana han llegado a un extremo de su ciclo y no es posible imaginar qué
nuevas formas adoptarán. Y escucho por tu voz las razones invisibles
de que vivían las ciudades y por las cuales después de muertas
revivirán.
El Gran Kan posee
un atlas cuyos dibujos figuran el orbe terráqueo todo entero y
continente por continente, los confines de los reinos más lejanos,
las rutas de los navíos, los contornos de las costas, los mapas
de las metrópolis más ilustres y de los puertos más
opulentos. Hojea los mapas bajo los ojos de Marco Polo para poner a prueba
su saber. El viajero reconoce Constantinopla en la ciudad que corona desde
tres orillas un largo estrecho, un golfo delgado y un mar cerrado; recuerda
que Jerusalén sobre dos colinas está asentada, de impar
altura, y frente a frente; no vacila en señalar Samarcanda y sus
jardines.
Para otras ciudades recurre a descripciones transmitidas de boca en boca,
o se lanza a adivinar basándose en escasos indicios: así
granada, irisada perla de los Califas, Lübeck, atildado puerto boreal,
Timbuctú negro de ébano y blanco de marfil, París
donde millones de hombres vuelven a casa todos los días empuñando
una barra de pan. En miniaturas coloreadas el atlas representa lugares
habitados de forma insólita: un oasis escondido en un pliegue del
desierto del cual asoman sólo la cimas de las palmeras es de seguro
Nefta; un castillo entre las arenas movedizas y las vacas que pacen en
prados salados por la marea no puede dejar de recordar el Mont-Saint-Michel;
y no puede ser sino Urbino un palacio que más que surgir entre
las murallas de una ciudad contiene una ciudad entre sus murallas.
El atlas representa también ciudades de las que ni Marco ni los
geógrafos saben si existen o dónde está, ero que
no podían faltar entre las formas de las ciudades posibles: una
Cuzco de planta irradiada y multidividida que refleja el orden perfecto
de los cambio, una México verdeante sobre el lago dominado por
el palacio de Moctezuma, una Novgorod de cúpulas bulbosas, una
Lasa que levanta blancos techos sobre el techo nublado del mundo. Aún
para ellas dice Marco un nombre, no importa cuál, y bosqueja un
itinerario para llegar. Se sabe que los nombres de los lugares cambian
tantas veces como lenguas forasteras hay; y que a cada lugar, quien cabalga,
viaja en carreta, rema, vuela puede llegar desde otros lugares por los
caminos y las rutas más diversos.
–Me parece que reconoces mejor las ciudades en el atlas que cuando
las visitas en persona, dice a Marco el emperador cerrando el libro de
golpe.
Y Polo:
–Viajando uno se da cuneta de que las diferencias se pierden: cada
ciudad se va pareciendo a todas las ciudades, los lugares intercambian
forman orden distancias, un polvillo informe invade los continentes. Tu
atlas guarda intactas las diferencias: ese surtido de cualidades que son
como las letras del nombre.
El Gran Kan posee un atlas en el cual está reunidos los mapas de
todas las ciudades: las que elevan sus murallas sobre firmes cimientos,
la que cayeron en ruinas y fueron tragadas por la arena, las que existirán
un día y en cuyo lugar por ahora sólo se abren las madrigueras
de las liebres.
Marco Polo hojea los mapas, reconoce Jericó, Ur, Cartago, indica
los atracaderos en la desembocadura del Escamandro donde las naves aqueas
esperaron durante diez años el reembarco de los sitiadores, hasta
que el caballo clavijero de Ulises fue arrastrado a fuerzas de cabrestantes
por la Puerta Escea. Pero hablando de Troya, le daba por atribuirle la
forma de Constantinopla y prever el asedio con que durante largos meses
la cercaría Mahoma quien, astuto como Ulises, habría hecho
remolcar las naves por la noche aguas abajo, desde el Bósforo hasta
el Cuerno de Oro, contorneando Perla y Gálata. Y de la mezcla de
aquellas dos ciudades resultaba una tercera, que podría llamarse
San Francisco y tender puentes larguísimos y livianos sobre la
Puerta de Oro y sobre la bahía, y hacer trepar tranvías
de cremallera por calles en pendiente, y florecer como capital del Pacífico
de allí a un milenio, después del largo asedio de trescientos
años que llevaría a la raza de los amarillos y los negros
y los pieles rojas a fundirse con la progenie sobreviviente de los blancos
en un imperio más vasto que el del Gran Kan.
El atlas tiene esta virtud: revela la forma de las ciudades que todavía
no poseen forma ni nombre. Está la ciudad con la forma de Amsterdam,
semicírculo que mira hacia el septentrión, con canales concéntricos:
de los Príncipes, del Emperador, de los señores; está
la ciudad con la forma de York, encajonada entre los altos páramos,
amurallada, erizada de torres; está la ciudad con la forma de Nueva
York, atestada de torres de vidrio y acero sobre una isla oblonga entre
dos ríos, con calles como profundos canales todos rectos salvo
Broadway.
El catálogo de las formas es inmenso: hasta que cada forma no haya
encontrado su ciudad, nuevas ciudades seguirán naciendo. Donde
las formas agotan sus variaciones y se deshacen, comienza el fin de las
ciudades. En los últimos mapas del atlas se diluían retículos
sin principio ni fin, ciudades en forma de Los Ángeles, en forma
de Kyoto-Osaka, sin forma.
[LAUDOMIA, PERINZIA,
PROCOPIA, RAISSA, ANDRIA, CECILIA,
MAROZIA, PENTESILEA, TEODORA, BERENICE]
El atlas del Gran
Kan contiene también los mapas de las tierras prometidas visitadas
en el pensamiento pero todavía no descubiertas o fundadas; la Nueva
Atlántida, Utopía, la Ciudad del Sol, Océana, Tamoé,
Armonía, New-Lanark, Icaria.
Pregunta Kublai a Marco:
–Tú que exploras en torno y ves los signos, sabrás
decirme hacia cuál de estos futuros nos impulsan los vientos propicios.
–Para estos puertos no sabría trazar la ruta en la carta,
ni fijar la fecha de llegada. A veces me basta un escorzo abierto en mitad
mismo de un paisaje incongruente, un aflorar de luces en la niebla, el
diálogo de dos transeúntes que se encuentran en medio del
trajín, para pensar que partiendo de allí juntaré
pedazo a pedazo la ciudad perfecta, hecha de fragmentos mezclados con
el resto, de instantes separados por intervalos, de señales que
uno manda y no sabe quién las recibe. Si te digo que la ciudad
a la cual tiende mi viaje es discontinua en el espacio y en el tiempo,
ya más rala, ya más densa, no has de creer que se puede
dejar de buscarla. Quizá mientras nosotros hablamos está
aflorando desparramada dentro de los confines de su imperio; puedo rastrearla,
pero de la manera que te he dicho.
El Gran Kan estaba hojeando ya en su atlas los mapas de las ciudades que
amenazan en las pesadillas y las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo,
Butua, Brave New World.
Dice:
–Todo es inútil si el último fondeadero no puede ser
sin la ciudad infernal, y allí en el fondo es donde, en una espiral
cada vez más estrecha, nos sorbe la corriente.
Y Polo:
–El infierno de los vivos no es algo que será, hay uno, es
aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días,
que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera
es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él
hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige
atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién
y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar,
y darle espacio.
* * *
Has aquí Italo
Calvino hace hablar a Marco y Kublai. Ahora nos toca a nosotros hacerlo
hablar a él. Lo haremos próximamente en la segunda entrega
de este trabajo.
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